Reconozco que, a escala universal, nuestras preocupaciones son poco menos que polvo estelar; pero me he encontrado ante la fascinante tarea de desenmarañar ideas que siempre han estado ahí, merodeando, para concluir que la vida, en general, es un precioso pero absurdo caos, al que su belleza no le quita lo inverosímil y al mismo tiempo, su irracionalidad no roba su hermosura.
Por partes.
Compré un teléfono inteligente (que a veces se atonta) de alta gama en la primavera de 2022, el cual ya estoy considerando reemplazar, pero no suelo comprar este tipo de aparatos por impulso.
Tengo una extraña habilidad para volver una comparativa de dos simples objetos en casi una tesis doctoral; en mi defensa, he de mencionar que eso me lleva a ver páginas diversas, sus estilos de venta y los estímulos alrededor del argumento para adquirir dicho artículo, la publicidad que lo circunda y hasta a entrar en foros de reseñas en los que he disfrutado acalorados debates entre conocedores del tema.
También me aplaudo internamente al cerrar una ventana de mi explorador, porque eso significa que revisé de cabo a rabo la información correspondiente y finalmente he logrado descartar una de las opciones sobre la mesa.
A veces también cuesta soltar algo que no es de uno, pero rozó nuestro camino, aunque solo hayan sido unos minutos en la imaginación.
Pasa también la etapa del análisis económico y es aquí donde se abre un portal multidimensional que me lleva a preguntar más cosas que un niño de cuatro años. Es decir, lo absurdo de los precios actuales me lleva a comparaciones con escenarios de hace 10, 15, 20 o más años, y eso obliga a identificar el contexto de la época para poder ser justos al poner lado a lado cada detalle.
Pensar que un teléfono que cuesta 30 mil pesos es una ganga frente a uno de 60 mil es ya una muestra contundente de los estragos causados en el pensamiento colectivo por el famoso «anclaje de precios».
Es asombroso ver lo voraz que se vuelve la industria (la que se prefiera mencionar), al sembrar la idea de que lo que tanto anhelaste tener, ya no es suficiente (y tal vez, todavía ni lo has terminado de pagar en la tienda departamental), porque ya hay algo 6 meses más nuevo, que probablemente no ofrece nada relevante adicional, pero «es lo de hoy», como si fuera pan fresco, aunque solo sean cables y pedacitos de metal.
Industria manipuladora operada por humanos con prácticamente los mismos dilemas morales y prisas que tú; alguien con inseguridades y traumas por tratar en sesión con un terapeuta, con otra vida compleja, al igual que tú; alguien que asistió a alguna reunión familiar años atrás, cuando cualquier artefacto para inmortalizar los recuerdos no cabía en el bolsillo, pero tampoco costaba un riñón. Personas que trabajan, como tú, para comprar las mismas cosas que tú, tal vez, por los mismos motivos que tú.
Vuelvo un poco en mí y recuerdo que solo estoy evaluando entre comprar dispositivo A o B, pero ya hay una sensación de nostalgia y de vacío momentáneo que me revuelca como a quien camina distraído por la playa. Es solo un recuadro de 200 g de peso, que aún no lo tengo en las manos y ya me ha dejado una pesadez mental arrolladora, porque me hace pensar en que «todo tiempo pasado fue mejor», pero no es justo «medir con relojes ajenos» y en eso aparece un aviso emergente en video, bastante difícil de cerrar, en el que una chica guapísima sostiene las llaves de un lujoso apartamento mientras desciende de un hermoso deportivo rojo y uno sigue usando la misma pijama que hace cinco años.
Luego me doy cuenta de que tengo la boca seca (el viaje astral estuvo potente, ¿eh?), voy a tomar agua en uno de los vasos de vajillas incompletas que están sobre alguna de las gavetas en la cocina y percibo esa frescura, ese sabor neutral, que me hace caer en cuenta de las sensaciones corporales; volteo a ver el reloj, percibo el transcurso del tiempo y pienso en terminar mi comparativo en otro momento, porque ya es necesario un descanso para tontear un poco viendo videos en el mismo teléfono que pretendo sustituir próximamente.
Aparece entonces otra persona en un video donde muestra su viaje a un sitio exótico y lo cansado que fue llegar hasta allí, por lo tanto documenta la travesía que culmina con un masaje que se antoja a todas luces, y ha tenido a bien conseguirnos un cupón de descuento; el inconveniente es que la logística para un terrícola normal implicaría pagar un alto precio, aun con la rebaja, además de horas de traslado con sus respectivos costos y programar previamente quién nos cubra en las actividades del día a día. Pero decido que aunque no sea en ese lugar, haré una cita con un fisioterapeuta que encontré en una guía comercial que llegó a mi domicilio unos meses atrás, con la esperanza de que el lugar siga en pie, para que me quite la contractura en el cuello que le atribuyo a trabajar con mucho estrés.
Dos semanas después, estando en la misma ciudad, a 10 minutos de distancia, pude acomodar la agenda para el dichoso masaje.
Es asombroso cómo el teléfono nos puede abrir ventanas para ver realidades muy relajadas, aventureras y cosmopolitas, así como también nos muestra enseguida un anuncio de un curso sobre cómo ser más productivos incluso estando de vacaciones y después recomendarnos unas pastillas para el buen tránsito intestinal y el impacto que tiene en nuestra apariencia física, porque hay que ganar experiencia, pero haciendo lo propio para que la piel siga tersa.
Y, como si de una epifanía se tratara, veo que así como hay contenido para el gusto o disgusto de todos, al alcance de cualquier teléfono (y, a veces, de los bolsillos), sea de gama alta o baja, y que ninguno, nunca, será el rey indiscutible, o no por mucho tiempo. Entonces, baja (o yo minimizo) la importancia de mi comparativo para adquirir un nuevo smartphone.
El veneno llegó con su antídoto, o así se acomodó la secuencia de ideas que conformaron la nebulosa en mi cabeza, concluyendo que esto no tiene principio, ni fin; que una cosa nos lleva a la otra y vamos como niños de la selva de liana en liana, encogiendo los pies al vuelo, esperando que no nos trague cualquier cosa que esté por ahí, al acecho, ya sea un animal, un mercado o una estética salvaje.
Y es así como llegó el meteorito mental, a apaciguar unas y a hacer surgir otras ideas en este cosmos virtual, pero también en el real.
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